A mi amada:
Me costó la mitad del alma escribirte esta carta, y la otra mitad enviártela fuera del infierno. No me arrepiento de mi decisión, pero sí de lo que no pude decidir, como amarte por ejemplo. Y es que el infierno no es tan malo cuando te recuerdo, y eso es siempre.
Intentaría secar tus lágrimas pero ya no te siento llorar. El fuego no duele tanto como solía hacerlo. Estas palabras no fueron hechas para nada más que tus ojos. Zafiros que admiré en compañía de la oscura soledad. Ahora solo siento la soledad, oscura y acompañada.
Sonrío. Demonios llegan y preguntan "¿Cómo puedes sonreír en vez de sufrir? a lo que siempre os respondo "Por qué debería sufrir si puedo sonreír?. Luego explotan y se van. Luego vuelven a explotar. no pueden sonreír. Pero tú mi amada, por favor, nunca dejes de hacerlo. Aunque no te pueda ver. Te recordaré en mi olvido.
Te recordaré por siempre y por nunca, que es lo que me queda. Que es lo que aún te puedo dar.
Hace frío. Prefiero desaparecer creyendo que me amaste con corazón, alma y cuerpo, aunque no sé por qué lo pido si ya no tengo nada más con que amarte. Prefiero eternizarme creyendo egoístamente que fuiste, eres y serás mía todas las veces que renazca, aunque la verdad sea otra, cambie o se mantenga congelada.
Me desespera imaginarte, pero te pierdo en el lago. Me desespera que un día te vea caminar por acá, tendría que convertir esta tierra seca en cielo húmedo. Y ya luché lo suficiente, no quedan espectros en vuestros sueños.
A veces creo que sería mejor que me olvidaras, deja de apretar la carta, en serio. Mi esencia está cansada de intentar en vano limpiar tus gotas de inocente lluvia, cansada de que me reemplaces con la almohada. A veces creo que deberías aceptarlo. Pero es tu decisión también. Solo no vendas nada para responder, que el infierno no tiene dirección que pueda entregaros.
Quizás es tarde para confesaros, pero ya no me queda voluntad. Aun recuerdo (y grabé en cada piedra) nuestro encuentro, nuestro beso, ¡oh! como deseo tus besos, tu manos haciéndole a mi piel, y las mías devorando tu nieve que por piel asemejas. Tu suspiro inconfundible y el grito del placer supremo. aún recuerdo tu mirada indiferente, y tus pesadillas.
Y es que acá no llegan los rezos. Solo tu tristeza hecha vasijas, frágiles, inmortales.
El rojo por muy vetusto que esté, sigue siendo mi color y mi destino.
Me despido de ti para siempre, ya no os podré susurrar palabras de amor en sueños, solo en vida, solo en muerte. Quizás nos volveremos a ver algún día, cuando el metal cubra al mundo y la realidad se viva en la mente y todos se olviden de este lugar. O cuando ambos seamos gatos.
Siempre tuyo.
Sieg. Delacroix